San Martín y la influencia hispánica SAN MARTÍN era fruto de la estirpe hispánica. Su padre fue oficial del Ejército Español y sus hermanos también lo serían. España, una, grande y libre, recoge en la constitución y espíritu institucional de su Ejército el aporte sucesivo de los hechos militares de Grecia y de Roma, el sentido místico del Cristianismo y la influencia de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Las luchas de la Edad Media por el predominio de reyes y la unificación de la Nación, las Cruzadas, la prolongada guerra de Reconquista Española contra los moros y la circunstancia de haber llegado a ser como consecuencia del Descubrimiento y la Conquista de América un país imperial y potencia mundial en el siglo XVI. Grandes capitanes dieron gloria a ese viejo Ejército Español: el CID CAMPEADOR DON RUIZ DIAZ DE VIVAR, DON GONZALO DE CÓRDOBA, DON JUAN DE AUSTRIA, DON ALEJANDRO FARNESIO DUQUE DE PARMA,DON FERNANDO ÁLVAREZ DE TOLEDO DUQUE DE ALBA, Y DON PEDRO DE CEVALLOS, fundador del Virreinato del Río de la Plata, patria de SAN MARTÍN. Centenares de batallas y combates después de Sagunto, Campos Catalúnicos, Covadonga, Navas de Tolosa, Lepanto, Pavía, Mühlberg, Garellano, etc., están inscriptos en sus banderas gloriosas. Por eso el componente militar de la Doctrina sanmartiniana muestra, sin lugar a la menor duda, el aporte espiritual del Ejército Español que hiciera posible la existencia del Ejército Argentino de ayer y de hoy. Tengamos en cuenta el culto al valor, la honra y la hidalguía del español. También a su afición por la aventura romántica que impulsaron a misioneros, navegantes, soldados, guerreros y funcionarios a llevar el pendón de Castilla y León por todo el orbe. Históricamente el español ha sido un soldado esencialmente individualista, con un sentido personal de la disciplina, recto, valiente, hombre de honor, con un gran amor a Dios y a su Patria. Tiene un sentido de eternidad, trascendiendo más allá: “VELAR SE DEBE LA VIDA, DE TAL SUERTE QUE VIVA QUEDE EN LA MUERTE”. Su alta moral cristiana le hace ser corajudo en la pelea y piadoso en el rezo por sus enemigos. Abnegado de sí mismo, celoso de sus buenas obras, humilde y pobre con los pobres, es orgulloso y altivo frente a los grandes. El hispano tiene mucho de DON QUIJOTE en sus sueños y alejamiento de la realidad y bastante de gaucho en sus cualidades y defectos. Al mezclar generosamente y sin prejuicios su sangre con los indios de América produjo el mestizo, que adaptado al terruño agreste, tan diferente de la Europa de su padre, supo afrontar una difícil suerte evidenciando, por encima de todos los casos, impasibilidad y paciencia en las tribulaciones. El culto a la Santísima Virgen es una constante distinción de los españoles y sus descendientes que siempre veneran como Madre de Dios, Patrona y Generala de los Ejércitos, Inmaculada Concepción, Virgen de la Merced, Virgen del Carmen. Por otra parte el espíritu militar vibra en los ejercicios espirituales de SAN IGNACIO DE LOYOLA, capitán de ingenieros, verdadero reglamento de educación del almas en que se aúnan las virtudes cristianas y castrenses en insuperable armonía. De esta cepa telúrica e hispánica nace la doctrina sanmartiniana del SER y del DEBER. Y con ella también había nacido al Ejército Argentino cuatro días después de la formación de la primer Gobierno Patrio. Por eso cuando el aire tremolan sus banderas de guerras en los mástiles de sus regimientos, batallones, grupos, y compañías independientes hay también en el pecho de sus soldados una nostalgia añeja y vieja y profunda de religiosidad. Que los colores celeste y blanco de sus pliegues no lo son por causalidad ni por capricho sino que siendo los colores del manto de la Santísima Virgen y los propios de la Orden de CARLOS III, creador del Virreinato, inspiraron al General D. MANUEL BELGRANO en su histórica decisión en las barrancas del Río Paraná, en Rosario. Los primeros regimientos patrios constituyen “una prolongación de la organización armada hispánica con sus organismos y reglamentación” (Ordenanzas del Rey CARLOS III). Su estructura fue heredada por el instrumento del poder militar de la Junta de Gobierno que regía a nombre del Rey FERNANDO VII. Cuando SAN MARTÍN organiza sus Granaderos a Caballo trae consigo un lejano profesional de veintidós años de servicios de servicios simples en el Regimiento de Caballería “Borbón”. La trascendencia del ejemplo del General SAN MARTÍN en toda la existencia del Ejército Argentino anticipa inmarcesibles laureles de gloria para las armas de la Patria. Nuestras banderas encabezarán las legiones de la libertad donde quiera el mundo se juegue decisivamente la existencia de la Cristiandad. Y CRISTO, Rey de Reyes y Señor de Señores nos conducirá a la VICTORIA. EL ESCUDO DE ARMAS DE LOS SAN MARTÍN, DE CLARA PROSAPIA HISPÁNICA, dice: AVE MARIA, POR LA CATÓLICA LEY, VIDA Y ESTADO PONDRÉ Y POR SERVIR A MI REY. NOTA: Extractado de la Revista Militar nº712, enero/junio 1984, Buenos Aires, artículo “Componentes militares de la Doctrina Sanmartiniana”, del Coronel CARLOS AUGUSTO LANDABURU, p. 70/73. San Martín y la tradición nacional En vísperas del aniversario del fallecimiento del General San Martín, nos parece interesante reflexionar sobre la figura del libertador de Sud América, en relación a la tradición nacional. No tiene mucho sentido limitarse a repetir datos por todos conocidos, en relación a los próceres, sin procurar que su actuación sirva de ejemplo y guía para el presente. Y, para eso, es necesario ir más allá de los hechos, tratando de investigar la causa de los hechos. Puesto que, “la historia es en esencia justicia distributiva; discierne el mérito y la responsabilidad” (Font Ezcurra). En momentos de honda crisis en nuestra patria, no podrá restaurarse la Argentina, mientras no se afiance en sus raíces verdaderas. Ocurre, sin embargo, que desde hace unos años han surgido de la nada, presuntos historiadores, empeñados en desmerecer la personalidad y la obra de los próceres, sembrando confusión y desaliento. En realidad, el intento de desprestigiar a quienes consolidaron la nación, comienza muy atrás en el tiempo. Recordemos por ejemplo, lo que escribió Alberdi, en su libro El crimen de la guerra (T. II, pg. 213): “San Martín siguió la idea que le inspiró, no su amor al suelo de su origen, sino el consejo de un general inglés, de los que deseaban la emancipación de Sud-América para las necesidades del comercio británico”. Por cierto que no ofrece ninguna prueba de lo que afirma, y, a 155 años de su muerte, nunca se ha exhibido algún indicio del apoyo o recompensa por parte de Inglaterra, que debería haber existido si fuese cierta la sospecha. Incluso en el exilio en Europa, durante un cuarto de siglo, muchos visitantes pudieron comprobar que vivió apenas con lo necesario, y hasta con penurias económicas, en algún momento. En cambio, un personaje de poca monta, Saturnino Rodríguez Peña, que ayudó a escapar al General Beresford y otros oficiales ingleses, que estaban internados en Luján, luego de la invasión de 1806, fue premiado por sus servicios al Imperio Británico, con una pensión vitalicia de 1.500 pesos fuertes. Por su parte, otro General argentino, Carlos de Alvear, siendo Director Supremo de las Provincias Unidas, firmó dos pliegos, en 1815, dirigidos a Lord Stranford y a Lord Castlereagh, en los que decía: “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso.” Estos documentos se conservan en el Archivo Nacional, y prueban una actitud que nunca existió en San Martín, cuya conducta fue siempre transparente y sincera. Los ejemplos mencionados de Alvear y de Rodríguez Peña, hacen necesario rastrear el pasado para tratar de entender el motivo de sus actitudes. Desde antes de la ruptura con España, ya habían aparecido en el Río de la Plata dos enfoques, dos modos de interpretar la realidad, diametralmente opuestos: l) el primer enfoque, nace el 12-8-1806, con la Reconquista de Buenos Aires, y podemos llamarlo Federal-tradicionalista; 2) el segundo enfoque, surge en enero de 1809, con el Tratado Apodaca-Canning, celebrado entre España e Inglaterra, cuando este último país, que había sido derrotado militarmente en el Río de la Plata, ofrece una alianza a España, contra Francia, a cambio de facilidades para exportar sus productos. A este enfoque podemos llamarlo Unitario-colonial. No caben dudas de que San Martín se identifica con el enfoque tradicionalista, que se manifiesta con el rechazo de las invasiones inglesas, se afianza con la Revolución de Mayo y la guerra de la independencia y culmina en la Confederación Argentina, con el combate de la Vuelta de Obligado. Quienes atacaron a San Martín y trabaron su gestión, hasta impulsarlo a alejarse del país, se encuadran en el enfoque unitario. Son quienes consideraban más importante adoptar la civilización europea, que lograr la independencia nacional, y por “un indigno espíritu de partido” -decía San Martín- no vacilaron en aliarse al extranjero en la guerra de Inglaterra y Francia contra la Confederación. Lo mismo hicieron en la batalla de Caseros -cuando se aliaron con el Imperio de Brasil-, donde llegaron a combatir 3.000 mercenarios alemanes contratados por Brasil. San Martín llegó a la conclusión de que “para que el país pueda existir, es de absoluta necesidad que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca” (carta a Guido, 1829). Uno de las vías de difusión de la mentalidad unitaria-colonial, fue la masonería, que influyó en algunos próceres. Rodríguez Peña, por ejemplo, fue uno de los 58 residentes en el Río de la Plata, que se incorporaron a las dos logias masónicas instaladas durante las invasiones inglesas (Estrella del Sur, e Hijos de Hiram). Otros dos formaron parte de la 1ra. Junta de gobierno: Mariano Moreno y Castelli (Memorias del Cap. Gillespie). Curiosamente, se ha pretendido vincular a San Martín a la masonería, cuando, además de no existir ninguna documentación que lo fundamente, toda su actuación resulta antinómica con los principios de dicha institución, cuyos miembros lo atacaron permanentemente, en especial Rivadavia (iniciado en Londres, integró la logias Aurora y Estrella del Sur). De todos modos, en los años 1979/80, un investigador argentino consiguió terminar con cualquier duda, al recibir de las Grandes Logias de Inglaterra, de Irlanda y de Escocia, la confirmación oficial de que San Martín nunca estuvo afiliado a la masonería, y que la Logia Lautaro -que cumplió un rol importante en el proceso emancipador-, fue una sociedad secreta con fines políticos, y no tuvo ninguna relación con la masonería. El enfoque Unitario-colonial, está influenciado por el iluminismo y el romanticismo, que se puede sintetizar en una frase de Sarmiento: “los pueblos deben adaptarse a la forma de gobierno y no la forma de gobierno a la aptitud de los pueblos”. Precisamente lo contrario sostenía San Martín: “a los pueblos no se les debe dar las mejores leyes, sino las mejores que sean apropiadas a su carácter”. Podemos resumir las diferencias entre ambos enfoques, en el enfrentamiento que tuvo San Martín con Rivadavia, desde que volvió a Buenos Aires, en 1812, hasta su alejamiento definitivo (1824). El mismo año de su llegada, le tocó a San Martín intervenir en el pronunciamiento militar que desalojó al Triunvirato, integrado por Rivadavia. La decisión obedeció a la incompetencia del gobierno que no acertaba a entender hasta donde se extendía la patria, y actuaba como si se limitara a la ciudad de Buenos Aires. Entre otros errores, ordenó el regreso del Ejercito del Norte que, de no haber sido desacatada por Belgrano, habría permitido que el ejército realista llegara al Paraná. Con respecto al interior, Rivadavia, que se ufanaba de no haber pasado nunca más allá de la plaza Miserere, insistía en tratar a las provincias con altanería, considerando que la autoridad debía estar concentrada en la capital. San Martín, no solo veía al interior como una parte del país que debía complementarse con Buenos Aires, sino que ambos debían integrar una unidad superior; primero, la unión de los virreinatos de Lima y el Río de la Plata, más la Capitanía de Chile; luego, la América Española, como una nación desprendida del imperio español. Con respecto al exterior, Rivadavia aspiraba a mejorar nuestra vida pública hasta ponerla en línea con los modelos europeos. Pretendía captar el apoyo de Inglaterra y Francia, con el ofrecimiento de buenas ganancias, y la disposición a acatar sus directivas. Veía el futuro argentino en el presente de Europa. San Martín, por el contrario, creía que Europa estaba en el pasado, la España perdida se reencontraba en América, la Europa caduca rescataba aquí su juventud. Procuró, sí, que alguna potencia extranjera jugara a favor nuestro, para lo cual definía previamente un objetivo, al que debían supeditarse las negociaciones posibles. La cultura de un pueblo se mantiene vigorosa, cuando defiende sus tradiciones, sin perjuicio de una lenta maduración. La identidad nacional se deforma cuando se corrompe la cultura y se aleja de la tradición, traicionando sus raíces. La nación es una comunidad unificada por la cultura, que nos da una misma concepción del mundo, la misma escala de valores. Se proyecta en: actitudes -costumbres - instituciones La nacionalidad es tener glorias comunes en el pasado; voluntad común en el presente; aspiraciones comunes para el futuro. Quienes pretenden suprimir del calendario el Día de la Raza, instituido por el Presidente Irigoyen, amenazan con dejarnos sin filiación, sin comprender que la raza, en este caso, no es un concepto biológico, sino espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ese sentido de raza es el que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra. Para nosotros, la raza constituye un sello personal inconfundible; es un estilo de vida. La identidad nacional, está marcada por la filiación de un pueblo. El pueblo argentino es el resultado de un mestizaje, la nación argentina no es europea ni indígena. Es el fruto de la simbiosis de la civilización grecolatina, heredada de España, con las características étnicas y geográficas del continente americano. Un modelo del criollo, fue Hernandarias, nacido en Paraguay dos siglos antes de la emancipación, y que fue reelegido varias veces como Gobernador del Paraguay, y verdadero caudillo de su pueblo. Lo que caracteriza una cultura es la lengua, en nuestro caso el castellano. Los colonialistas consideraban a este un idioma muerto, pues no era la lengua del progreso, y preferían el inglés o el francés. Dos siglos después, muchos argentinos manifiestan los mismos síntomas del complejo de inferioridad. Muchos jóvenes caen en la emigración ontológica; en efecto, se van a otros países, creyendo que van a poder ser en otra parte. Olvidan la expresión sanmartiniana: serás lo que debas ser, sino no serás nada. Con respecto a las instituciones, el embrionario Estado argentino adoptó el federalismo, que respetaba la autonomía de las provincias históricas. De allí que la Constitución de 1819, de cuño liberal, provocó resistencia en el interior. Las autoridades porteñas ordenan al Ejército del Norte y al de San Martín que interrumpan las acciones militares contra los realistas, para enfrentar a los caudillos. San Martín desobedece pues era evidente la prioridad de continuar la campaña libertadora. Belgrano renuncia al mando; y uno de los jefes de su ejercito, el Cnel. Juan Bautista Bustos subleva a las tropas en la posta de Arequito, comenzando un largo período de luchas civiles. Recién con la Constitución de 1853, se pudo afianzar la organización institucional, pues en su texto se logró un equilibrio entre el interior y Buenos Aires, al respetarse los pactos preexistentes, que menciona el Preámbulo, en especial el Pacto Federal de 1831, ratificado por el Acuerdo de San Nicolas (1852), en que las provincias resolvieron organizarse bajo el sistema federal de Estado. La emancipación de los países americanos coincide con el surgimiento del constitucionalismo escrito, y por lo tanto es lógico que quienes conducían los nuevos Estados buscaran afirmar su independencia a través de un instrumento jurídico. En el caso de San Martín, recordemos que, siendo teniente coronel del ejercito español, cumplió funciones en Cádiz, donde fue testigo del debate por la sanción de la Constitución, que sería promulgada en 1812. Al volver ese año al Río de la Plata, San Martín comprendió la inconveniencia de seguir utilizando la máscara de Fernando VII, uno de los motivos del derrocamiento del ler. Triunvirato, que se negaba a declarar la independencia. El segundo Triunvirato (Paso, Nicolas Rodríguez Peña y Alvarez Jonte) convocó a la Asamblea General Constituyente de 18l3, que sin embargo no proclamó la independencia, ni aprobó una constitución. Cuando se reunió 3 años mas tarde el Congreso de Tucumán, continuaba esta cuestión sin resolverse, y San Martín siguió insistiendo en la independencia que fue proclamada el 9 de julio, pero con respecto a Fernando VII, sus sucesores y metrópolis. San Martín, advertido de gestiones que procuraban la incorporación de nuestro territorio a Inglaterra o Portugal, exigió que se incorporara al acta un agregado que dice: “y de toda otra dominación extranjera”, propuesto por el diputado Medrano en sesión secreta. San Martín no disimuló su desacuerdo con el proyecto unitario de Rivadavia, y, en cambio, se alegró por la adhesión de las provincias al Pacto Federal de 1831, sosteniendo que, estos países no pueden por muchos años regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, resaltando los males que han ocasionado la convocatoria prematura a congresos. En esta hora, resulta evidente que solo podrán resistir los embates de la globalización y conservar su independencia, los Estados que se afiancen en sus propias raíces, y mantengan su identidad nacional. El ex-Presidente Avellaneda, en un discurso famoso sostuvo que: “los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos; y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir”. Rivadavia y San Martín Rivadavia, temeroso de que se designara jefe supremo a San Martín, boicoteó por todo los medios la reunión de un congreso constituyente en Córdoba, Ocupado en dotar de ochavas a la ciudad de Bs. As. negó todo recurso a San Martín, que libraba la guerra de independencia. Finalmente San Martín no tuvo más remedio que ceder su lugar a Bolívar para que concluyera la gesta libertadora. Bolivar no era partidario de la segregación del Alto Perú, - talvez temeroso de la reacción argentina- pero Sucre, al mando de Bolivar finalmente formó la “República de Bolivar” (Bolivia). San Martín dejo Perú, cruzó la cordillera y se recluyó en retiro en su chacra de Coria (Mendoza) Un emisario de Bs.As. (el Dean Zavaleta), le hizo saber que la gran dificultad para reunir el congreso era su permanencia en el país (por recelos de que se lo designase Jefe Supremo) San Martín decide su viaje a Europa, pero antes de llegar a Bs.As Estanislao López le advierte sobre el plan para asesinarlo. No obstante la advertencia, San Martín pasa por Bs.As. para irse finalmente el 10 de febrero de 1824. Por fin podía, entonces , reunirse el congreso. (……y pensar que los presidentes argentinos siguen usando el sillón donde puso el trasero Rivadavia.) El frustrado regreso de San Martín. En el conflicto de la confederación con brasil, Inglaterra prefería que no haya triunfador y que la banda oriental fuera independiente para debilitamiento de ambos, quedando Inglaterra como árbitro en el Río de La Plata. Las provincias del interior querían terminar una guerra ya ganada, pero Rivadavia estaba mas interesado en sus negocios mineros con los ingleses, que en su patria, y prefiere que regrese el ejercito para imponer “la organización a palos” (Agüero) en el interior, aun a costa de ceder la banda oriental. Prevalecen las palabras del ministro Agüero de “la paz a cualquier precio”. Los federales piden el gobierno y que les dejen a ellos el peso de la guerra pero Rivadavia prefería perder la guerra y la banda oriental, antes que dejarle el gobierno a los federales, e instruye a García para que vaya a Río de Janeiro a terminar la guerra “a cualquier precio". Fue un arreglo tan vergonzoso que ante la indignación popular Rivadavia intentó usar a García de chivo expiatorio y desconocer el arreglo, pero sumado al escándalo por saberse el negociado de la Mining, (denunciado públicamente, entre otros por Anchorena) se vio obligado renunciar. Luego, (resumiendo) el gobierno de Dorrego, que quiere seguir la guerra a toda costa, pero hasta el Banco de la provincia (manejado por intereses y accionistas ingleses) le niega todo crédito. Regresado el ejército, Lavalle derroca ilegalmente a Dorrego y lo fusila (incentivado por unitarios como Del Carril y otros) En semejantes circunstancias llega San Martín (embarcado con el apellido materno) a Montevideo y se entera del fusilamiento de Dorrego. San Martín es mal recibido, y Paz (gobernador interino) le escribe a Lavalle (que está en campaña): ”Calcule Ud. las consecuencias de una aparición tan repentina”. Desacreditados los revolucionarios “Decembristas”, le ofrecen a San Martín el Gobierno, para “salvar la revolución con su prestigio”, pero San Martín se rehúsa a aceptar. La propuesta de Lavalle queda en claro en carta que San Martin le envía a O´Higgins el 19 de abril, con copia de su respuesta: “...su objeto era que yo me encargase del mando del ejercito y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de garantir por i parte y el de los demás gobernadores a los autores del 1° de diciembre (asesinato de Dorrego) …por otra parte los autores del movimiento del 1° de diciembre son Rivadavia y sus satélites y a Ud. le consta los inmensos males que estos hombres han hecho no solo a este país sino al resto a América con su infernal conducta. Si mi lama fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario señalarles la diferencia que hay de un hombre de bien, a un malvado…Digo a Ud. en la mía del 5 que para le próximo paquete (paquebote) de mayo me marcharía a Europa, pero lo certificaré en el que sale a fines de éste. Adiós otra vez, pro siempre su invariable San Martín” (Picianeli, Hector Juan. Op.Cit.) Así se ponía nuevamente por encima de ese grupo de “iluminados”, y antes de alejarse definitivamente, le dice a Iriarte: “Sería un loco si me mezclase con estos calaveras. Entre ellos hay alguno, y Lavalle es uno de ellos, a quien no he fusilado de lástima cuanto estaban a mis órdenes en Chile y en Perú…son muchachos sin juicio, hombres desalmados…” (García Mellid, Atilio. “Proceso al liberalismo argentino”. Edit. Theoría. 1988) (JST.p.45) (Tomado de: http://www.lagazeta.com.ar/) LA AMISTAD DE SAN MARTÍN Y BELGRANO[1] Hubo entre ambos próceres una verdadera amistad, que influyó positivamente en la historia nacional y en el logro de la independencia. Hay, en realidad, vidas diferentes: - San Martín vivió pocos años en América. Toda su formación la recibió en España; hijo de un militar, su propia vocación fue la milicia, y pasó su último cuarto de siglo en Europa, donde encuentra la muerte. - Manuel Belgrano, en cambio nace en Buenos Aires y pasa en esa ciudad sus primeros dieciséis años, viajando luego a España para estudiar leyes y economía. Regresa al país, antes de 1810, y, salvo algún viaje ocasional, permanece en él hasta su muerte. No obstante esas disimilitudes, hubo entre ellos un evidente paralelismo, hasta el punto de convertirlos a ambos en Padres de la Patria. Al escribir la vida de uno de ellos, no se puede omitir las relaciones que tuvo con el otro. Bartolomé Mitre, que escribió biografías de ambos, dedica el capítulo 24 de su Historia de Belgrano y de la independencia argentina, a describir sus relaciones con San Martín; a su vez, en el capítulo 4 de su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, vuelve a tratar el tema. En total, la colaboración mutua se extendió por siete años, hasta la muerte de Belgrano. Existe una coincidencia curiosa: los padres de ambos héroes frecuentaron el Convento de Santo Domingo en Buenos Aires. Don Juan de San Martín, desde su llegada de Yapeyú en 1781, ingresa con su esposa en la Tercera Orden, a la que pertenecía, desde 1754 -siendo aún soltero-, don Domingo Belgrano, padre de Manuel, ingresando más tarde -en 1760- su madre, doña Josefa González Casero. Seguramente se conocieron los padres de los futuros líderes patriotas; baste citar el acta de la Hermandad Seglar del 19-6-1783, que constan las firmas, muy cerca la una de la otra, de don Domingo Belgrano y don Juan de San Martín; también se advierte la firma del Vicario de la Tercera Orden, don Juan Martín de Pueyrredón, padre del futuro Director Supremo del mismo nombre, que colaboró con el Libertador. En los diez años que vivió Belgrano en España no tuvo oportunidad de conocer a San Martín, pues realizaron distintas actividades y frecuentaron diferentes lugares. Y para la época en que llega el Libertador a Buenos Aires (marzo de 1812), Belgrano viajó al noroeste para ocupar el cargo de General en Jefe del Ejército Auxiliar del Perú. Según Mitre, fue don José Vicente Milá de la Roca quien los puso en contacto; dicho comerciante catalán acompañó a Belgrano como secretario en la expedición al Paraguay y sus referencias a San Martín pudieron ser decisivas para Belgrano. Augusto Barcia Trelles cree que San Martín pudo haber escrito a Belgrano para felicitarlo por las victorias de Tucumán y Salta, batallas que salvaron la revolución. La verdad es que no se conserva la primer carta de Belgrano, y no se conocen las que San Martín le escribió, pero por las de Belgrano podemos deducir parte de su contenido. La primera que se conoce está fechada en Lagunillas, Alto Perú, el 25-9-1813; responde a una de San Martín en la que lo elogiaba y le recomienda el uso de la lanza y le envía un modelo. También le expresa que le había enviado un cuaderno con instrucciones sobre táctica militar. Belgrano le contesta: “¡Ay! amigo mío. Y ¿qué concepto se ha formado Ud. de mí? Por casualidad o mejor diré, porque Dios ha querido, me hallo de General, sin saber en qué esfera estoy; no ha sido ésta mi carrera y ahora tengo que estudiar para medio desempeñarme y cada día veo más y más las dificultades de cumplir con esta terrible obligación”. Y termina: “crea Ud. que jamás me quitará el tiempo y me complacerá con su correspondencia, si gusta honrarme con ella y darme algunos de sus conocimientos para que pueda ser útil a la Patria, que es todo mi deseo, restituyéndole la paz y tranquilidad que tanto necesitamos”. Después de la batalla de Tucumán, Belgrano había pedido al Gobierno que le enviaran a San Martín, pero el Segundo Triunvirato no aceptó; cuando accede, el 3 de diciembre, ya es demasiado tarde. El l de octubre, Belgrano es derrotado en Vilcapujio y, el 14 de noviembre ocurre el desastre de Ayohuma. El 17 de diciembre, le escribe a San Martín: “Mi amigo: no se cómo decir a Ud. lo bastante cuánto me alegro de la disposición del Gobierno para que venga de jefe del auxilio con que se trata de rehacer este desgraciado ejército”. El 25 de diciembre, le remite otra carta, donde lo pone al tanto de la situación y termina: “En fin, mi amigo, hablaría más con Ud. si el tiempo me lo permitiera; empéñese Ud. en volar, si le es posible, con su auxilio, y en venir a ser no sólo mi amigo, sino maestro mío, mi compañero y mi jefe, si quiere”. El lugar y el día de su primer encuentro han dado lugar a polémicas. En 1973 el investigador Julio Arturo Benencia publicó un documentado trabajo en el que llega a la conclusión de que aquel histórico encuentro ocurrió el 17 de enero, al norte de la posta de Algarrobos -no en la posta de Yatasto, como se creía hasta entonces-, situada a cinco leguas al sur del río Juramento, aunque no es posible establecer con precisión el lugar ni la hora. En esa oportunidad, se conocieron los dos próceres y confirmaron la admiración y el respeto mutuo, que nunca desaparecería. Belgrano creía que San Martín llegaba con la misión de reemplazarlo, pero aquél se había resistido por consideración al camarada. Esta actitud provocó una carta, del 10 de enero, de Gervasio Antonio de Posadas, entonces vocal, y futuro Director Supremo: “Excelente será el desgraciado Belgrano, será igualmente acreedor a la gratitud eterna de sus compatriotas. Pero sobre todo, entra en nuestros intereses y lo exige el bien del país que por ahora cargue Ud. con esa cruz”. El decreto respectivo se firmó el 18 de enero y llegó a destino a fin de mes, cuando ambos ya se encontraban en Tucumán. En esa ciudad, tuvo lugar una segunda entrevista, de mayor duración y también la última, ya que después no volverían a encontrarse. Pero su amistad quedó sellada para siempre. El 29 de enero, Belgrano, en acto solemne, traspasa el mando del Ejército a San Martín, y queda al frente del Regimiento Nº 1, como subordinado suyo. El gobierno está dispuesto abrir juicio a Belgrano, por las derrotas de Vilcapujio y Ayohuma; San Martín sale en defensa de su amigo. En respuesta al ya Director Posadas, le manifiesta: “de ninguna manera es conveniente la separación de dicho brigadier de este ejército, en primer lugar porque no encuentro un oficial de bastante suficiencia y actividad que lo subrogue accidentalmente en el mando de su regimiento, ...ni quien me ayude a desempeñar las diferentes atenciones que me rodean, con el orden que deseo, e instruir a la oficialidad...”. Ha dicho Mitre que páginas como éstas, son las que hacen la gloria de la humanidad; hay en ellas grandeza de alma de uno y otro y, al mismo tiempo, espontánea sencillez en la abnegación y en la generosidad recíproca. El gobierno, sin embargo, desestimó el pedido de San Martín, y Belgrano tuvo que dejar Tucumán y viajar a Buenos Aires para ser procesado por segunda vez. Pese a todo, le manifiesta a Arenales: “Al fin he logrado que el ejército tenga un jefe de conocimientos y virtudes y digno del mayor y más distinguido aprecio; confieso a Ud. que estoy contentísimo con él, porque preveo un éxito feliz, después de tantos trabajos y penalidades”. En carta del 6 de abril, Belgrano le comenta a su sucesor: “La guerra, allí, no sólo la ha de hacer Ud. con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre esta en las virtudes morales, cristianas y religiosas, pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes. (...) no deje de implorar a N. Sra. de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala y no olvide los escapularios a la tropa. Deje Ud. que se rían; los efectos le resarcirán a Ud. de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima”. La última carta de Belgrano la dirige desde Loreto el 22 de mayo, preocupado por la salud de San Martín. Aquí se interrumpe la correspondencia; Belgrano bajó a Buenos Aires, donde su causa fue sobreseída, y al año siguiente enviado a Europa por Rivadavia, en misión diplomática. Mientras tanto, San Martín logra que se le nombre Gobernador Intendente de Cuyo, con el objeto de preparar su plan continental. Cuando Rondeau, que había asumido la jefatura del Ejército del Norte, fue relevado por el desastre de Sipe Sipe, San Martín propuso a Belgrano, que ya había regresado de Europa: “éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América; lleno de integridad y talento natural, no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame Ud. que es el mejor que tenemos en América del Sur” (carta a Godoy Cruz, 12-3-1816). Nombrado por el Congreso de Tucumán, Belgrano se hace cargo del mando, el 7 de agosto; aceptó porque sabía que eso significaba una estrecha colaboración con San Martín. Sigue atentamente los movimientos del Ejército libertador, que en la segunda quincena de enero de 1817 inicia su marcha hacia Chile. Con motivo del triunfo de Chacabuco, hace erigir en el Campo de la Victoria una pirámide, imitación de la de Mayo de Buenos Aires, monumento que refleja la amistad belgraniano-sanmartiniana. En la última carta de Belgrano a San Martín, fechada en Pilar, Córdoba, el 17 de agosto de 1819, se alegra de que haya mejorado la salud del Libertador, mientras él, gravemente enfermo, delega el mando y regresa a Tucumán. A principios de 1820 vuelve a Buenos Aires, donde muere el 20 de junio. Cuando San Martín, luego de renunciar al gobierno del Perú, en 1822, se embarca rumbo a Chile, destaca un autor que “el bergantín se llamaba Belgrano y si San Martín pensó en el espíritu de renunciamiento que había caracterizado a su difunto amigo, pudo seguramente reconocer, con melancólica satisfacción, que también él lo poseía”. [1] Según datos extractados de: González O.P., Fr. Rubén. “San Martín y Belgrano. Una amistad histórica”; Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas”; Nº 61, octubre/diciembre 2000, pgs. 40/67. San Martín y Rosas [1] Este es un tema que pocas veces se trata. San Martín, pese a tantos libros nefastos que se han publicado en los últimos años, conserva una imagen indiscutida para la mayoría de los argentinos. No ocurre lo mismo con Rosas, que presenta una imagen polémica; no puede desconocerse que los primeros historiadores pertenecieron al sector político que se enfrentó con él. Por eso, para tratar de ser objetivos es necesario arriesgarse a una exposición árida, analizando la cuestión en base a hechos y documentos concretos. Los antecedentes que hoy se conocen, demuestran que hubo una relación de admiración mutua entre estos próceres, de los cuales es posible advertir una suerte de vidas paralelas. San Martín, llevando la libertad a tres pueblos. Rosas, consolidando la obra del Libertador. Resulta explicable que los dos hayan experimentado esa atracción recíproca, que suele existir entre aquellos dirigentes de empresas semejantes. Hubo actitudes de Rosas hacia el Gral. San Martín y de éste a Rosas. Podemos mencionar dos estancias en la provincia de Buenos Aires, a las que Rosas denomina con el nombre de San Martín, a una, y Chacabuco, a la otra. En 1841, el Ayudante de Órdenes del almirante Brown, que era Álvaro Alzogaray -quien se destacaría luego en el combate de la Vuelta de Obligado- le trasmite la propuesta de bautizar al bergantín Oscar, recientemente adquirido para la flota, con el nombre de Ilustre Restaurador. Rosas se opone, y ordena que se lo bautice con el nombre de San Martín a este velero que participó en muchos combates y llegó a ser el barco insignia de la flota. En varios de los mensajes a la Legislatura de Buenos Aires, para informar sobre la marcha del gobierno, que Rosas dirigía anualmente pese a tener Facultades Extraordinarias, menciona elogiosamente a San Martín. Cuando muere el Libertador, la Gaceta de Buenos Aires, por orden de Rosas, publica durante diez días una biografía muy bien escrita del Padre de la Patria. La firma “un argentino”, pero se sabe que el autor era el joven Bernardo de Irigoyen, que trabajaba para el Gobernador. La misma disposición favorable, encontramos en San Martín respecto a Rosas, siendo de destacar el mayor gesto de aprecio y admiración consistentes en legarle su sable, en el párrafo tercero de su testamento ológrafo, firmado el 23-1-1844 y depositado -como era costumbre de la época- en la Legación Argentina en París: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República, contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. En aquellos años vivían aún figuras prominentes, con sobrados méritos para hacerse acreedores de esa distinción. Entre los militares, que compartieron acciones bélicas con San Martín, recordemos a Las Heras, Soler, Necochea, Paz, La Madrid, y Guido, su mejor amigo. Entre los colaboradores políticos de su gesta libertadora, vivía Pueyrredón. Entre los marinos vivía el prócer máximo de nuestra Armada, el Almirante Brown. De los personajes civiles, que podrán hacer recibido el legado, podríamos mencionar a Larrea, único sobreviviente de la Primera Junta, y a Vicente López y Planes, autor del Himno Nacional. Pero San Martín, distinguió a quien se acercaba más a sus propios valores, y el glorioso sable fue para Rosas. Esta decisión ha sido motivo de comentarios y de dudas. Algunos sostuvieron que hubo un testamento posterior en el cual San Martín corrige las disposiciones del firmado en 1844. Por su parte, el Dr. Villegas Basavilbaso, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, al entregarle el 17-8-1960, al entonces Presidente de la Nación Dr. Frondizi, el testamento original rescatado de Francia, incluye en su discurso una interpretación de la cláusula tercera del testamento. Afirma que San Martín le lega su sable a Rosas, porque era en ese momento el Jefe del Estado, y no por sus merecimientos. Deducción pueril que no resiste el menor análisis. Otra interpretación, que ha sido compartida por muchos, la hace uno de los biógrafos más conocidos de San Martín, don Ricardo Rojas, que en artículos periodísticos en 1950, expresó que San Martín le hizo el legado a Rosas únicamente por su política exterior. Resultaría, entonces, que Rosas fue un patriota cuando defendió a su país de la agresión externa, pero fue un tirano cuando combatió a los unitarios, que promovieron y cooperaron con esa misma agresión. Resulta, sin embargo, que el mismo prócer, en carta que le escribe a Rosas, el 10 de junio de 1839, le dice: “...porque lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. Como se advierte, no es posible separar los dos aspectos de la política, porque son partes de una misma gestión pública. Lo que ocurre, es que se insiste en presentar a San Martín, sin debilidades ni pasiones, como a un Santo de la Espada, al que no se puede involucrar en definiciones políticas. Esto es imposible en los dirigentes que quieren a su patria y, si bien es cierto que el Libertador no quiso participar en las luchas fratricidas, nunca ocultó su opinión y la manifestó con franqueza. Surge de la lectura de las siete cartas personales que le escribió a Rosas, en doce años de intercambio epistolar recíproco, así como en la correspondencia a Guido y a otras personas, que San Martín nunca permaneció neutral ni indiferente ante las situaciones que vivía el país. San Martín sostuvo que, para cortar de raíz los males argentinos, era necesaria una mano fuerte, para establecer el orden. Y en la última carta a Rosas, del 6-5-1850, tres meses antes de su muerte, le expresa: “...como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecido en nuestra querida Patria; y todos estos progresos efectuados en circunstancias tan difíciles en que pocos Estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina. Que goce Ud. de salud completa y al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento del pueblo argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota que besa su mano.” José de San Martín Se puede advertir que, de los cuatro logros alcanzados por Rosas, según San Martín, los tres primeros: prosperidad - paz interior y orden, son inherentes a la política interna; y el cuarto: honor nacional, sería un logro de la política externa. Además, San Martín hace abstracción de esa dicotomía, aplaudiendo la gestión global del Restaurador, al decir: por todos estos progresos...por tantos bienes realizados...yo felicito a Ud., etc. Aunque resulte curioso, San Martín y Rosas nunca se conocieron personalmente; y la relación a distancia, se inicia con motivo de la intervención armada que el reino de Francia inicia en el Río de la Plata, en 1838, cuando el Libertador llevaba ya quince años en el exterior. El conflicto surgió cuando Francia reclamó el beneficio del trato de Nación más favorecida, considerando el gobierno argentino que eso debía ser consecuencia de un tratado bilateral, y no como una concesión gratuita. El cónsul pidió los pasaportes y se trasladó a Montevideo logrando que la flota francesa realizara un bloqueo del puerto de Buenos Aires, medida que representaba iniciar hostilidades en condiciones riesgosas para nuestro país, teniendo en cuenta la disparidad de fuerzas. Fue en ese momento que San Martín se dirige al gobernador de Buenos Aires, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación, dando comienzo a la relación entre ambos. La carta está fechada en Gran Bourg, el 3-8-1838, y en ella se expresa: “...ignoro los resultados de esta medida; sin son los de la guerra, yo sé lo que mi deber me impone como americano...esperar...sus órdenes si me cree de alguna utilidad...inmediatamente de haberlas recibido, me pondré en marcha para servir a mi Patria en la guerra contra Francia en cualquier clase que se me destine.” Desde su retiro, en 1823, fue ésta la primera y única vez que San Martín ofreció regresar al país y tomar las armas. Es gesto del Libertador es de mayor valor, si se tiene en cuenta el análisis técnico que había hecho en carta a Guido: “...temo mucho que el gobierno pueda sostener con energía el honor nacional y se vea obligado a suscribir proposiciones vergonzosas”. Es decir, que estuvo dispuesto a volver no para sumarse a una victoria segura, sino para defender la bandera aún previendo una derrota. La habilidad diplomática de Rosas consigue capear el temporal, y se suscribe un tratado que representa un triunfo para la argentina. Actitud opuesta a la de San Martín muestra Alberdi, quien desde Montevideo fue el mentor ideológico de la intervención extranjera en el Río de la Plata, sosteniendo: “que la razón sea de Francia o de la República Argentina no es del caso averiguar en este instante”... “la conveniencia y el honor de un pueblo están en no ser hollados por un tirano...”. En 1845, Francia inicia una segunda intervención, aliada ahora con Inglaterra. Otra vez se establece el bloqueo, por la flota anglo-francesa, y se toma la isla de Martín García. En esta ocasión, el 11-1-1846, San Martín escribe a Rosas para manifestarle que si no fuera por insuperables motivos de salud: “...me hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente ofrecerle mis servicios que aunque conozco serían inútiles demostrarían que en la injustísima agresión y abuso de la fuerza de Inglaterra y Francia contra nuestro país, este tiene aún un viejo defensor de su honra e independencia”. Pese a no poder trasladarse físicamente, San Martín colabora redactando un informe profesional sobre la intervención, advirtiendo que no dudaba que las potencias podrían apoderarse de Buenos Aires, pero que no podrían sostenerse mucho tiempo y esto hace técnicamente inviable la operación. El informe fue publicado en un diario londinense que destaca que el autor es el militar que logró la liberación de Buenos Aires, Chile y Perú, del yugo español. En 1849 insiste en carta a un ministro francés que los gastos y dificultades serán inmensos, debido a la posición geográfica del país, al carácter de sus habitantes y a la distancia desde Francia, y que es deber de estadistas pesar las ventajas que deben compensar los sacrificios. Esta carta contribuyó al nuevo triunfo diplomático de Rosas, pues fue leída en el Parlamento y tenida en cuenta para decidir el cese de hostilidades. El mismo Alberdi, en su estudio titulado “La República Argentina, treinta y siete años después de la Revolución de Mayo”, rectifica su opinión, criticando la colaboración de los unitarios con el extranjero invasor, y aunque sigue viendo en la mano de Rosas la vara de la dictadura, dice que ve también en su cabeza la escarapela de Belgrano. Quiero terminar esta reflexión, recordando un editorial del diario El Tiempo de Buenos Aires, de 1897, escrito con motivo de la repatriación del sable del Libertador, por Leopoldo Lugones, en el que afirma que Rosas: “...hizo pelear a su pueblo y batiéndose -ambidiextro formidable- con un brazo contra la traición que ponía en venta la propia tierra por envidia de él, y con el otro contra la invasión que venía a saquear en tierra extraña...” “Y por segunda vez se salvó la independencia de la América...” “San Martín sintió que sus canas eran todavía pelos viriles, comprendió toda la grandeza del esfuerzo del Dictador, y dijo que en mejor mano no podía caer la prenda heroica. Redactó su testamento partiendo la herencia en dos: dejó su corazón a Buenos Aires, y su sable a Don Juan Manuel de Rosas”. Comparación de dos hazañas En un trabajo publicado en la revista “Todo es Historia”, Nº 16 del mes de agosto de 1968, titulado “El paso de los Andes”, el historiador Guillermo Furlong S.J. detalló la epopeya andina que realizó el Padre de la Patria. Dice Furlong: “El general Leopoldo R. Ornstein que con tanto saber histórico y militar se ha ocupado del paso de los Andes, ha escrito que algunos tratadistas han establecido un parangón entre el paso de los Andes, con el de los Alpes por Aníbal, primeramente, y por Napoleón después. La similitud es muy relativa, por cuanto difieren en forma muy pronunciada las dimensiones y características geográficas del teatro de operaciones, como también los medios y recursos, con que fueron superadas en cada caso ambas cadenas orográficas. Esas diferencias son, precisamente, las que presentan la hazaña de San Martín como algo único en su género”. En efecto: Aníbal cruzó los Alpes por caminos que, ya en esa época, eran muy transitados, por ser vías obligadas de intercambio comercial y aunque no pueda afirmarse que su transitabilidad fuese fácil, tampoco debe considerarse que pudiera representar grandes dificultades, puesto que el general cartaginés pudo llevar consigo elefantes, carros de combate y largas columnas de abastecimiento. San Martín atravesó los Andes por empinadas y tortuosas huellas, por senderos de cornisa, que sólo permitían la marcha en fila india, imposibilitado materialmente de llevar vehículos y debiendo conducir a lomo de mula su artillería, municiones y víveres, aparte de haber tenido que recurrir a rústicos cabrestantes e improvisados trineos para salvar las más abruptas pendientes con sus cañones. ¿Habría podido Aníbal fraquear las cinco cordilleras de la ruta de los Patos, escalando con elefantes y vehículos los 5.000 metros del paso Espinacito? Terminemos estas líneas -sigue diciendo Furlong- recordando cómo Vicente Fidel López nos dice que “los escritores alemanes de la escuela de Federico, en una época (1852) en que buscaban ejemplos y lecciones para su ejército, consideraron digno de ser estudiado el paso de los Andes, como un modelo, deduciendo de él enseñanzas nuevas para la guerra”. En su artículo, Furlong realizó un gráfico comparando dos hazañas: El cruce de los Alpes por Napoleón y el cruce de los Andes por San Martín: NAPOLEÓN, conduce el grueso de su ejército por el Gran San Bernardo, salvándolo a 2.500 metros de altura, con todos sus vehículos y artillería, incluso la pesada. SAN MARTÍN, conduce el grueso de su ejército por la ruta de los Patos y traspone 5 cordilleras, de las cuales la más elevada es franqueada por el Espinacito, a 5.000 metros de altura, sin poder llevar ningún rodado. NAPOLEÓN, acompaña el avance principal con cuatro destacamentos secundarios: Destacamento Thurreau, por el Monte Cenis (3.600 metros). Destacamento Chabrán, por el Pequeño San Bernardo (2.200 metros). Destacamento Moncey, por el San Gotardo (2.100 metros). SAN MARTÍN, acompaña el avance principal con una división menor y cuatro destacamentos secundarios: División Las Heras, por los pasos Iglesia (3.400 mts.) y Bermejo (3.300 mts.). Destacamento Zelada, por el paso Come-Caballos (4.100 mts.). Destacamento Cabot, por el paso de Guana (4.200 mts.). Destacamento Lemos, por el paso Portillo y paso Pluquenes (4.500 mts.) Destacamento Freire, por el paso Planchón (3.800 mts.). Amplitud del frente de operaciones NAPOLEÓN: 160 kms.; SAN MARTÍN: 800 kms. El ancho de la zona montañosa cruzada por NAPOLEÓN fue de 100 kms., mientras que la cruzada por SAN MARTÍN, fue de 350 kms. Alturas máximas franqueadas NAPOLÉON: con el grueso, 2,500 mts., con destacamentos, 3.600 mts. SAN MARTÍN: con el grueso, 5.000 mts., con destacamentos, 4.500 mts. Recorridos máximos y mínimos NAPOLEÓN: 280 y 135 kms., respectivamente. SAN MARTÍN: 750 y 380 kms. respectivamente. NAPOLEÓN pudo contar con recursos: en la zona alpina existían varios centros poblados y valles con producciones diversas. SAN MARTÍN no pudo contar con recursos: en la zona andina era total la ausencia de poblaciones. Los valles eran áridos sin productos de ninguna clase. [Tomado de: El Restaurador, nº 4, septiembre 2007, pág. 16] El ejercicio del mando en San Martín Sostiene Bartolomé Mitre[1] que el genio de un hombre se asemeja a un reloj que tiene su estructura, y entre sus piezas, un gran resorte. Descubrir este resorte permite deducir un principio fundamental que es el motor de todas sus acciones. Consideramos que San Martín fue un hombre nacido para el mando; ese fue su gran resorte. Mandó, no por ambición, sino por necesidad y por deber, y mientras consideró que el poder era en sus manos un instrumento útil para la tarea que el destino le había impuesto. Abdicó el mando supremo en medio de la plenitud de su gloria, sin debilidad, sin cansancio y sin enojo, cuando comprendió que su misión había terminado, y que otro podía continuarla con más provecho de la América.[2] Mandar es integrar y coordinar la actividad de los miembros de un grupo, de modo que al cumplir las tareas respectivas, se satisfagan los objetivos grupales con la mayor eficacia. Esta acción puede realizarse de diversas maneras, según la personalidad del jefe, las características del grupo y los objetivos que se persigan. De allí que sea importante analizar cual fue el estilo del mando en el Libertador, que, además, transmitió a los hombres que formó para integrarlos al ejército que organizó en el país. El mando, en San Martín, asumió cuatro elementos fundamentales que podemos describir. 1) El honor.Su sentido del honor queda reflejado en esta frase suya: ante la causa de la América está mi honor, yo no tendré Patria sin él, y no puedo sacrificar un don tan precioso por cuanto existe en la tierra. Este concepto se manifiesta en plenitud en el Código de Honor que redactó personalmente para regir la conducta de sus oficiales. La base de sus preceptos, sin duda, la obtuvo de su propio aprendizaje. En efecto, las Reales Ordenanzas del Ejército Español -del año 1768- en donde se formó como militar, señalan que: El oficial cuyo propio honor y espíritu no lo estimulan a obrar bien, vale muy poco en el servicio. El legado sanmartiniano se ha transmitido al actual Reglamento de los Tribunales de Honor de las Fuerzas Armadas, bastando citar lo que expresa en su Capítulo I El honor es la cualidad moral que obliga al más severo cumplimiento del deber respecto de los demás y de sí mismo. Es algo que está por sobre la misma vida y los valores sustanciales, porque la primera termina con la muerte y lo material es cosa transitoria. En cambio el honor sobrevive y trasciende como legado a través de las generaciones, configurando el magno patrimonio espiritual de familias, instituciones y pueblo. El llamado código sanmartiniano continuará siendo el faro que permita evaluar si la conducta actual de quienes comandan las Fuerzas Armadas argentinas respetan o no las normas morales fijadas por el gran Capitán. 2) La disciplina. Consiste en la obediencia que un subordinado debe prestar a un superior jerárquico. San Martín la impuso, procurando que se entendiera que la disciplina se logra mejor cuanto mayor es el ascendiente moral del jefe respecto de sus subordinados. A sus oficiales les enseñaba que, además de su capacidad profesional, la confianza de sus subalternos se acrecentaría al comprobar en su comportamiento la hombría de bien y la capacidad de mando. 3) El espíritu de cuerpo. Supone un estado emocional en la organización, que no consiste solamente en la suma de la moral de los individuos que la constituyen, sino en la existencia de sentimientos que mueven a los mayores sacrificios para obtener el éxito y la gloria de la unidad de la que se forma parte. Para consolidarlo es necesario fomentar, como lo hizo San Martín, la solidaridad, un ideal común,el cariño por la institución a la que se pertenece, y el amor a la Patria. Fue ese espíritu el que sostuvo a los integrantes del Ejército de los Andes frente a la fatiga prologada y en los momentos críticos de las batallas, cuando las líneas de ataque accionaban bajo el fuego del enemigo. 4) La ética. Es la ciencia de los actos humanos, que enseña a distinguir el bien del mal. San Martín se esforzó por hacer comprender a los oficiales: que lo que ordenaran debía estar dirigido a cosa lícita y que no era ético exigir obediencia sobre algo ilegal o fuera de la ley. La ética se manifiesta en la práctica de las virtudes. Recordemos que virtud es la disposición constante del alma que nos incita a obrar bien y evitar el mal. San Martín practicó y enseñó las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, como podemos comprobar con algunos ejemplos. -La prudencia: es la virtud que permite prever y evitar fallas y peligros. Supone buen juicio, cordura y discernimiento; se caracteriza por la moderación, la precaución y la sabiduría. Esta virtud estuvo presente la noche del 20 de setiembre del año 1822, cuando el Libertador se dirigió al puerto de Ancón, abandonando el Perú, con la frustración que le produjo la entrevista de Guayaquil, pero admitiendo que su retiro de la vida pública era necesario para completar la independencia, que no podía realizarse sin la intervención de Bolivar. -La justicia: disposición constante de dar a cada uno lo suyo. Un episodio revela que el general aplicaba la justicia con sus subordinados. El 2º jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, Tcnel. Melián, acostumbraba a montar a caballo como los indios, de un salto, lo que mereció que San Martín le manifestara que estaba vulnerando el reglamento y merecía una sanción. Debido a que se preparaba la batalla de Chacabuco, se dejó en suspenso el arresto, pero debido al desempeño heróico de dicho oficial, San Martín le manifestó que le levantaba la sanción en premio a su bravura y le regalaba unos estribos que había usado en Bailén: sirvase de ellos en mi obsequio y verá que para cercenar cabezas godas nada es mejor ni más conveniente que afirmarse bien sobre los estribos. -La fortaleza: de la que deriva el valor y la abnegación en las resoluciones a tomar y permite vencer el temor y huir de la temeridad. San Martín demostró poseer esta virtud, cuando el 9-1-1820, se produce la sublevación del Batallón 1 de Cazadores de los Andes, acantonado en San Juan, unidad que se perdió definitivamente para la causa de la independencia. A dos de los cabecillas del motín, el Capitán Mendizábal y el Teniente Morillo, que fueron capturados, San Martín ordenó que fueran juzgados por sendos consejos de guerra y fusilados. -La templanza: que permite moderar los apetitos naturales y supone moderación y continencia en el uso de las cosas lícitas. Encontramos un ejemplo en las palabras que dirije a los peruanos en su despedida: La presencia de un militar afortunado por más desprendimiento que tenga es temible a los Estados que de nuevo se constituyen. En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas como en lo general de las cosas dividirán sus opiniones y los hijos de estos darán el verdadero fallo... . En esa forma San Martín, voluntariamente abandonaba el poder, sin caer en la tentación de usar la fuerza para disputar la preeminencia política, a la que legítimamente podía aspirar. En conclusión, el General San Martín ejerció el mando -civil y militar- con honor,disciplina, espíritu de cuerpo y ética, al servicio de la misión que la providencia le asignó. Ideología liberal Como también se afirma a menudo que San Martín era liberal, es necesario esclarecer este otro infundio. Según parece, el vocablo liberalismo, fue usado por primera vez en lengua castellana hacia l8l0 y fue adoptado en España por los partidarios de la Constitución de Cádiz, adversos al absolutismo de Fernando VII, sin ninguna manifestación de oposición al cristianismo. Explica el P. Castellani: “Lo que había de bueno en el liberalismo de antaño, de l820 a l860, consistía en una especie de ímpetu juvenil contra un montón de cosas que tenían que morir; a saber, el absolutismo de los reyes, inventado por los reyes protestantes; el despotismo demasiado cerrado de los Gremios y Corporaciones medievales y una decadencia de la Religión, que originó en Inglaterra el deísmo y en Francia el filosofismo. Así que toda la juventud europea a principios del siglo pasado [XIX] se conmovía con ese grito de Libertad, y sabía lo que significaba esa palabra ambigua, que no lo era para ellos; lo que no sabían era lo que estaba detrás. Se sentían apretados, estrechos y cansados y al decir ¡Libertad! decían queremos salir de esto.” Esto, eran las miserias de la Corte borbónica, que Napoleón resumía así: la madre era adúltera, el padre consentido, el hijo traidor. Incluso el vocablo liberal, según el diccionario de la Real Academia Española, define a quien obra con liberalidad, virtud moral que consiste en distribuir uno generosamente sus bienes sin esperar recompensa. En cambio, el mismo diccionario, define al liberalismo como “sistema político-religioso que proclama la absoluta independencia del Estado, en sus organizaciones y funciones, de todas las religiones positivas”. Estas acotaciones semánticas, sirven para distinguir entre aquella persona que, por distintos motivos, reivindica el nombre de liberal, simplemente, de quien adhiere explícitamente a la ideología liberal, con conocimiento pleno de su contenido. Nada en la actuación pública de San Martín, ni en su vida privada, permite sostener que profesara la ideología liberal; por el contrario, se expresó negativamente sobre ella, en varias de sus cartas. La ideología liberal, tal como ha sido definida por sus autores principales - Locke, Montesquieu, Rousseau, Stuart Mill- es incompatible con el cristianismo. Así lo aclara el Papa Pablo VI, en la Octogesima adveniens: “Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder....” (26). Esta posición se mantiene invariable en la Iglesia, desde hace dos siglos. El Papa León XIII (Enc. Libertas, l888) analizó tres grados posibles de liberalismo, y los consideró igualmente condenables. Explica el Prof. Caturelli: “Tanto el liberalismo extremo (ateo), como el liberalismo moderado (deísta), como el liberalismo muy moderado (“cristiano”), admiten una zona (el orden temporal) de autosuficiencia del hombre: el primero porque niega la existencia de un orden trascendente al temporal: el segundo porque lo ignora y el tercero porque lo separa. En el orden práctico, viene a resultar lo mismo.” Esta aclaración es necesaria, porque algunos autores sostienen que San Martín fue un católico liberal; así lo hace el Dr. Cuccorese, académico sanmartiniano, quien considera que no incurrió en contradicción, pues el liberalismo recién fue condenado por la Enc. Quanta Cura, en l864, l4 años después de la muerte del Libertador. Debemos discrepar, puesto que los Papas comenzaron a cuestionar las ideas liberales, incluso antes de la Revolución Francesa. Por ejemplo, en la Alocución de Pío VI, el 9 de marzo de l789, y en la Carta del mismo Papa, de l79l, a los obispos de la Asamblea Nacional. Pero con respecto al liberalismo católico, recordemos que esta actitud ya se advierte cuando Talleyrand, Obispo de Autun, celebra misa en el campo de Marte, con trescientos sacerdotes adornados con la escarapela tricolor. La primera expresión teórica respectiva, aparece cuarenta años después con Lamennais -sacerdote apóstata- y su periódico L Avenir, que defienden precisamente el liberalismo católico, siendo esta posición condenada por Gregorio XVI, en la Enc. Mirari vos, promulgada en l832, mientras San Martín vivía en París, y l8 años antes de su fallecimiento. No está demás recordar, que el Papa Pío IX, aquel que conoció a San Martín, afirmó que “los llamados católicos liberales...son más peligrosos y funestos que los enemigos declarados...”. En conclusión, puede afirmarse, con seguridad, que San Martín no fue masón ni liberal. Nuevos datos sobre San Martín En la revista Todo es Historia, se publicó un artículo del embajador Guillermo Jacovella[1], que aporta nueva información, debidamente documentada, que complementa lo sostenido en nuestro artículo "San Martín no fue masón" (http://forosanmartiniano.blogia.com/2006/octubre.php ). 1. Nos interesa detenernos en lo que se expone respecto a la medalla confeccionada por el artista belga Jean Henri Simon, una de las diez que preparó por encargo del Rey, como homenaje a otros tantos hombres célebres. Para esta medalla el general posó expresamente, y se logró el único retrato de perfil de nuestro héroe. Se conserva una sóla medalla en bronce, en la Biblioteca Real de Bruselas, que tiene escrito, en el reverso: “Loge La Parfaite Amitié constituée a l’Oriente de Bruxelles le 7 julliet 5807 (1807) au Géneral San Martín 5825 (1825)”. En el anverso, figura “General San Martín”, alrededor del retrato, y abajo “Simon F”, indicando el nombre del grabador y su pertenencia a la masonería (F: frere, hermano). 2. Se puede deducir que esta medalla fue confeccionada sobre el molde de la oficial, encargada por el Rey, y no hay constancias de que San Martín la haya recibido. No figura en ella como “F”, sino como General. Tampoco figura su nombre en las listas y actas de la logia mencionada, como lo ha reconocido Frank Langenauken, director del Centro de Documentación Masónica de Bruselas. Esto es muy importante, pues, al ser ocupada Bélgica en la 2da. Guerra Mundial, los alemanes incautaron archivos oficiales y de la masonería. Luego esos archivos quedaron en poder de la Unión Soviética en Moscú, y el gobierno belga consiguió recuperarlos recientemente 3. Hace una década, el Dr. Terragno escribió: “Cuando todos los materiales estén clasificados y al alcance de los investigadores, quizá surjan nuevos elementos sobre la Parfeite Amitié y los vínculos masónicos de San Martín en Bruselas”[2]. Pues bien, estando ya los documentos disponibles, se realizó una exhaustiva investigación, “sin que se pudiera encontrar mención alguna al general San Martín o al homenaje de la referida medalla”[3]. 4. Consideramos muy valiosa la información aportada por el señor Jacovella, para desmentir una falsedad histórica. Debemos discrepar, sin embargo, con dos afirmaciones del autor: a) que “se puede afirmar que era de claras convicciones liberales”; b) que la masonería no estuvo condenada por la Iglesia hasta 1884. 5. Sostiene Jacovella que “si San Martín hubiera querido iniciarse en la masonería durante los largos años que vivió en Europa (hasta 1850), ello no hubiera sido abiertamente incompatible con su condición de católico y mucho menos de liberal” (p.25). La encíclica de 1884, a la que se refiere el autor, es la Humanum genus, de León XIII. Pues bien, ese documento ratifica expresamente las constituciones: “In eminenti”, de 24-4-1738, de Clemente XII. “”Providas”, de 18-5-1751, de Benedicto XIV. “Ecclesiam a Iesu Christo”, de 13-9-1821. “Quo graviora”, 13-3-1825, de León XII. A través de dichos documentos, la “Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la masonería, constituída contra todo derecho divino y humano, era tan perniciosa para el Estado como para la religión cristiana. Y amenazando con las penas más graves que suele emplear la Iglesia contra los delincuentes, prohibió terminantemente a todos inscribirse en esta sociedad”[4]. 6. Sobre el liberalismo, nos pronunciamos en "San Martín, ni masón ni liberal" (www.mario-meneghini.blogspot.com ). 7. Félix Luna, director de la revista Esto es Historia, hasta su fallecimiento, escribió en el editorial del número comentado, refiriéndose a San Martín: “…no hizo falta ninguna medida de gobierno para imponer su culto. En este aspecto, vemos cómo han sido inútiles algunos intentos de revisar el recuerdo histórico de San Martín aportando pretendidos documentos o revelaciones que modificarían sustancialmente su personalidad. Así, los intentos de presentarlo como un mestizo, hijo de una india guaraní, o los que le adjudican hijos ilegítimos habidos en el Perú. Aparte de la orfandad de las pruebas que se presentaron en estos casos, estas revisiones no calaron popularmente ni sirvieron paa que la imagen clásica del Libertador se modificara”. [1] Jacovella, Guillermo. “San Martín y los ideales masónicos”; Todo es Historia, Nº 505, agosto de 2009, páginas 20-25. [2] Terragno, Rodolfo H. “Maitland & San Martín”; Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1999, p. 193. [3] Jacovella, op. cit., p. 23. [4] “Humanum genus”; p. 4.