La salud de San Martín y el problema del opio



En la vida del General San Martín, se advierte una extraña paradoja: condiciones intelectuales superlativas para la conducción militar, acompañadas por un físico delicado, recurrentemente enfermo. Advierte el Dr. Oriol I Anguera una contradicción entre la estructura somática del General y su reacción funcional, lo que conduce a un “conflicto entre sus querencias y sus dolencias”[2]; las querencias corresponden a un hombre de acción, y las dolencias lo obligaban a veces a la inacción.
Me ha parecido conveniente, entonces, analizar el tema de esta exposición, con vistas a desentrañar una leyenda negra sobre la terapéutica que adoptó nuestro héroe. Mitre comenta que abusaba del opio; Vicuña Mackenna afirma que el Dr. Zapata lo envenenaba casi cotidianamente con opio, en lo que coincide con Guido, que manifiesta que dicho médico lo inducía a un uso desmedido del opio. Últimamente se ha difundido esta cuestión, de un modo que hace sospechar la mala fe; baste citar dos ejemplos:
-En un sitio peruano en Internet, dedicado a la educación, en un trabajo sobre la Independencia del Perú, se afirma: “...los errores tácticos de San Martín y su adicción al opio producto de enfermedades quebraron las posibilidades de consolidar la independencia en el Perú”[3].
-En un reportaje al Dr. Ignacio García Hamilton, publicado por Página12, la periodista pregunta: “¿San Martín consumía opio por prescripción médica o era adicto?”. El escritor responde: “Las dos cosas. A él se lo recomendó un médico por sus dolores de estómago, causados probablemente por una úlcera. Pero después padeció una adicción. (...) Creo que las enfermedades que padeció son pruebas de que no estamos hablando de un hombre que estuviera satisfecho con su vida”[4].

Fundamentado en la bibliografía consultada, procuraré pasar revista, en forma sucesiva a: las afecciones del General, la repercusión de las mismas sobre su comportamiento, las características del dolor físico, la utilización del opio, y una hipótesis sobre la manera en que pudo sobrellevar sus padecimientos.
Explica el Dr. Guerrino que San Martín, en el plano orgánico típica de los abiotróficos de Gowers, es decir, de individuos que se desgastan precozmente”[5]. De manera semejante a su padre, antes de los cincuenta años padecía los achaques propios de un hombre mayor, aunque en su aspecto exterior no lo aparentaba.
puede sostenerse que las crisis disneicas que afectaban a San Martín eran de origen asmático. El general aludió a menudo a su tremenda enfermedad del pecho, sin otra aclaración. Profesionales del Instituto de Historia de la Medicina, de la Facultad de Buenos Aires, investigaron esta cuestión, llegando a la conclusión de que San Martín “sufría de un asma aguda, mal del que ya había sentido síntomas en España”[6].
Las hematemesis, en cambio, se producen habitualmente por úlceras gastroduodenales, citándose como causas de éstas: la ansiedad, fatigas prolongadas, actividad intelectual intensa y estímulos psíquicos frecuentes. Las situaciones de stress pueden generar reacciones fisiológicas, afectando la mucosa del tracto digestivo, originando dispepsias, álgias y hemorragias. No caben dudas de que San Martín padecía de úlceras; queda esto en evidencia por sus gastralgias y vómitos, con lapsos de calma. Asimismo, comía mucha carne, fumaba cigarros negros y tomaba café; esa bebida la ingería a menudo, en forma de mate, y es la más perjudicial para los ulcerosos, pues provoca irritación de la mucosa gástrica.
Desde los treinta y nueve años, San Martín sufrió dolores ósteo-musculares, que lo mortificaban, pero sin dejar huellas. Se ha creído que se trataba de reumatismo, pero el Dr. Ruiz Moreno afirma que San Martín fue afectado crónicamente por la gotaVI. Acerca del dolor

Las afecciones de San Martín le producían periódicos dolores, de los que se queja en muchas ocasiones, y por eso conviene detenerse y analizar este tema. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP), define así este fenómeno: “El dolor es una experiencia sensorial y emocional no placentera relacionada con daño potencial o real del tejido, o descripta en términos de tal daño. El dolor siempre es subjetivo”[7].
Que el dolor sea siempre subjetivo significa que es una experiencia somatopsíquica, concepto que ya destacaba Aristóteles al decir que es una pasión del alma. Existen una variedad de factores diversos que pueden causar o agravar el dolor, los que deben considerarse en la evaluación y tratamiento. Es conocido, por ejemplo, el caso del dolor del miembro fantasma -que ha sido amputado- que produce dolor muy intenso en el paciente.
El dolor es causado por la estimulación de las terminaciones nerviosas libres (nociceptores) y estos estímulos pasan a lo largo del nervio periférico hacia el asta dorsal de la médula espinal, desde donde llega al tálamo. Los impulsos del dolor transmitidos al tálamo son enviados a diferentes áreas de la corteza cerebral: a) en el lóbulo parietal, permiten la localización e interpretación del dolor; b) el sistema límbico está involucrado en las respuestas afectiva y autónoma al dolor; c) el lóbulo temporal en la memoria del dolor; y d) el lóbulo frontal evalúa la importancia del dolor y la respuesta emocional al mismo.
El dolor crónico es consecuencia de un proceso patológico crónico; los pacientes que sufren dolor crónico manifiestan cambios de personalidad, debido a las alteraciones progresivas en el estilo de vida y en su capacidad funcional. Sobre esto, sostiene Mitre que San Martín en Chacabuco ya no era el sableador de Arjonilla o Baylen y San Lorenzo; ganaba las batallas en su almohada, fijando el día y el sitio preciso. Por su parte, Ludwig, biógrafo de Bolívar considera que los padecimientos físicos de San Martín lo llevaron a preferir la táctica al combate, adaptando su carácter a los inconvenientes de una salud precaria.

Es necesario detenerse en este punto dada la influencia que ejerce la salud de quienes conducen, en la sociedad de su época; se ha dicho, incluso, que “las enfermedades de los que están en el poder las padecemos todos”[8]. Los relatos de contemporáneos y la documentación histórica, demuestran que San Martín actuó siempre con mesura y que su conducta no fue afectada por impulsos de euforia o de depresión. Se mostró siempre parco, sereno y equilibrado, advirtiéndose las características del tipo atlético, que tienden a un raciocinio reflexivo. Destacó nuestro héroe como modelo de orden y disciplina, dando el ejemplo con un modo de trabajo perseverante.
No cabe duda, sin embargo, que su salud lo mortificaba, y en sus cartas manifiesta ese tema como una amarga letanía. Además, no se trataba de molestias leves o pasajeras, sino graves y recurrentes.
Pese a la cronicidad de sus dolencias, las mismas no lo transformaron en un hombre amargado; cuando fallece, Gerard, su vecino de Boulogne, escribió para un diario sosteniendo que era un lindo anciano de elevada estatura, que ni la edad ni la fatiga, ni los dolores físicos había podido doblegar. También Balcarce relató que su padre político conservó hasta el final gran lucidez y energía, lo cual provocaba admiración entre quienes frecuentaban su trato. San Martín se adaptó a sus sufrimentos, superando sus achaques físicos con una voluntad excepcional, que le permitió el dominio de su persona, pese a todos los contratiempos, y aún alcanzar la longevidad, duplicando el promedio de vida de su época.
Mitre dejó escrito que: “Los héroes necesitan tener salud robusta, para sobrellevar las fatigas y dar a sus soldados el ejemplo de la fortaleza en medio del peligro; pero hay héroes que con cuatro miembros menos, sujetos a enfermedades continuas, o con un físico endeble, se han sobrepuesto a sus miserias por la energía de su espíritu. A esa raza de los inválidos heroicos pertenecía San Martín”[9].

Para tratar de precisar lo referido al consumo de opio, por parte de San Martín, es necesario analizar los detalles sobre esta droga (Inaba-Cohen, 1992). De la diferenciación entre las drogas, que hacen los consumidores, surgió una clasificación práctica de las mismas, por los efectos que producen. El opio pertenece a la clase de los depresores, llamados así pues deprimen el sistema nervioso. Aún en pequeñas dosis, hacen más lento el ritmo cardíaco y la respiración, disminuyendo la coordinación muscular y la energía, y embotando los sentidos.
Con respecto a sus efectos en la mente, en un principio, las dosis pequeñas pueden actuar como estimulantes pues reducen las inhibiciones, pero en la medida en que aumente el consumo, se hacen sentir los efectos depresores, embotando la mente y entorpeciendo los movimientos corporales.
Ya hace 5.000 años, los sumerios describieron los efectos del opio, al llamarla la planta de la alegría. A su vez, los egipcios fueron los primeros en comprobar la naturaleza dual del opio; sus textos médicos la consideraban como remedio para toda enfermedad, y como veneno. La amapola de opio (papaver somniferum), tomó ese nombre por el dios romano del sueño -Somnis. Los griegos y romanos la llamaban destructor de la aflicción.

Para comprender su uso vinculado al dolor, es preciso saber que el dolor es una señal de alarma del organismo humano. El mensaje del dolor es transmitido por un neurotransmisor, llamado sustancia P. Si el dolor es demasiado intenso, el cuerpo busca protegerse atenuando las señales dolorosas; lo consigue inundando el cerebro y la médula espinal con neurotransmisores especiales, llamados endorfinas. Las endorfinas se unen a la membrana de la célula nerviosa emisora, ordenándole que no envíe sustancia P, pero algunas señales logran, sin embargo, emitirse. Si el opio y sus derivados son eficaces, es porque actúan como endorfinas; no sólo impiden que se libere demasiada sustancia P, sino que también bloquean lo poco que se filtra hasta la neurona receptora. Los médicos pueden recetar opiáceos y opioides para anular el dolor, detener la tos y controlar la diarrea.
Algunas personas consumen estas drogas, sin intervención médica, para procurar euforia, anular su dolor emocional o intentar sentirse mejor. Pues otro efecto de los opiáceos y los opioides se relaciona con el placer. Así como el dolor es una señal de advertencia para alertar sobre un daño, el placer es una señal para alentarnos a hacer algo que es bueno para el cuerpo y la mente. Así como las endorfinas se liberan naturalmente, para bloquear el dolor en una zona del cerebro -corpus striatum-, también se liberan para activar el centro del placer/recompensa del sistema límbico: el centro emocional del cerebro. Cuando no es activado el centro de placer/recompensa, o si no hay suficientes endorfinas en el sistema, no nos sentimos bien y no experimentamos placer. Algunas personas, que buscan euforizarse o aliviarse, utiliza los opiáceos u opioides pues estas drogas, pueden activar artificialmente, de manera directa, el citado centro de recompensa, alojándose en los receptores de las neuronas adonde van las endorfinas, enviando falsas señales de placer.

De todos modos, estas drogas no bloquean el dolor ni inducen el placer, exactamente igual que las propias sustancias bioquímicas naturales del cuerpo humano. La diferencia con las endorfinas propias del organismo, consiste en que el opio afecta otros órganos y tejidos, además de los centros de placer y de dolor. Afectan el corazón, la respiración, el sistema reproductivo, la digestión, la excreción, los ojos, las cuerdas vocales, los músculos, los centros de la tos y la náusea, el sistema inmunológico, así como el pensamiento. La droga, hace que se relajen los músculos y que se caigan los párpados, la cabeza se incline, el habla se vuelva pastosa y lenta, y se haga más dificultosa la marcha.En cualquier forma en que ingrese al cuerpo, la droga siempre termina en el torrente sanguíneo, donde se traslada dentro de las células de la sangre o en el plasma exterior a ellas, o acoplándose a las moléculas proteínicas.
A los 10 o 15 segundos de ingresar al torrente sanguíneo, la droga llega a las inmediaciones del sistema nervioso central, la barrera hemato-encefálica. La sangre que contiene la droga, fluye a través de las arterias carótidas internas hacia el sistema nervioso central (SNC) -cerebro y médula espinal. La estructura de los vasos sanguíneos que rodean a las células nerviosas que constituyen el SNC, es de tal tipo que sólo ciertas sustancias pueden penetrar y afectar el funcionamiento del sistema nervioso. Las drogas psicoactivas -entre ellas el opio- pueden atravesar esta barrera hemato-encefálica. Como el cerebro es el órgano más protegido del cuerpo, las drogas que pueden atravesar su barrera protectora, de hecho pueden penetrar y afectar todos los demás órganos del cuerpo. El sistema nervioso central actúa como una computadora y un tablero de comando, recibiendo mensajes del sistema nervioso periférico y el autónomo; también nos permite razonar y formular juicios. Una droga psicoactiva, siendo una sustancia extraña, altera la información enviada a nuestro cerebro, y perturba los mensajes que se envían a las diversas partes del cuerpo; afectando nuestra capacidad de pensar y razonar. No sólo afecta el sitema nervioso, sino que la droga psicoactiva afecta a los otros ocho sistemas del cuerpo igualmente; en forma directa, al pasar a través del tejido, o indirectamente al manipular los nervios del sistema nervioso central.

El opio proviene de la disecación del látex de la cápsula de la amapola; la planta tiene una cápsula o fruto que al hacerle una incisión segrega un líquido lechoso, que en contacto con el aire se oscurece y diseca, y al que luego se lo pulveriza para elaborar el opio. La palabra deriva del griego opion que significa jugo, en referencia al látex que exuda la amapola al cortarla; contiene el opio varios alcaloides, siendo los más importantes la papaverina, la morfina y la codeína. Esta droga es una de las más adictivas.
En realidad, el opio no cura de por sí ninguna enfermedad, pero alivia el dolor y hace desaparecer los síntomas molestos o peligrosos (tos, disnea, diarrea). En el aparato disgestivo, la anulación de los espasmos de la musculatura lisa aporta beneficios, pues el dolor intenso que los acompaña (cólicos), se alivia rápidamente al relajarse la musculatura y ceder el espasmo. Ahora bien, los especialistas en toxicomanía sostienen que el empleo continuo de narcóticos lleva a la intoxicación, y ésta conduce a un deterioro generalizado del organismo[10]. El plazo en que se adquiere la dependencia es breve, y la adicción puede contraerse aunque su uso haya sido prescripto por razones terapéuticas.

Entonces, si como afirman sus biógrafos, San Martín consumió opio desde los 34 años hasta su muerte, es necesario indagar porqué no se convirtió en adicto y pudo conservar la vida hasta los 72 años. No podemos compartir la convicción del Dr. Galatoire de que: “una vez más la férrea voluntad del General se sobrepuso y cumplió la promesa hecha a Pueyrredón...de que sólo tomaría el opio durante los accesos de fatiga”[11]. Tengamos en cuenta que la palabra adicto, proviene de esclavo; toda persona dominada por la droga está enajenada y no es capaz de actuar libremente[12].
Si bien es posible, con un tratamiento adecuado, y mucho esfuerzo del propio paciente, que un adicto se libre de la drogadependencia, es imposible evitar las consecuencias ya detalladas del consumo de la droga, y no llegar nunca a la etapa de dependencia, sin dejar de consumirla. Si, como vimos, el opio no cura ninguna enfermedad, y sólo evita el dolor, es necesario preguntarse: ¿cómo pudo un hombre con salud tan precaria, con tantos vómitos de sangre y con dificultad respiratoria, ser capaz de hazañas semejantes, sin eludir nunca una obligación del servicio, ni postergar una acción bélica?
Participar en las batallas, obnubilado por el opio, hubiera incidido inevitablemente en el resultado, dándole gran ventaja al jefe enemigo. Y, si en esas ocasiones, prescindía de tomar calmantes, no puede creerse que en Maipú y en Chacabuco, por ejemplo, haya dirigido a sus soldados en medio de un ataque de asma, o que su proctopatía no le afectaba cuando montaba a caballo. Tampoco es admisible que nunca le molestaran en medio de la batalla, los efectos de la úlcera o de la gota.
El Dr. Mario Dreyer afirma que el prócer era escéptico con la medicina de su época, la cual sólo le ofrecía opio para el asma, opio para la gota, opio para la úlcera. Y ocurre que en los tres casos, el opio está contraindicado. El mismo autor destaca que, en una época, la mayoría de los fallecimientos derivados del asma, fueron provocados por el opio. A su vez, el opio es el peor remedio para la úlcera, porque aunque calme el dolor, provoca un espasmo a nivel del píloro que agrava la enfermedad (Bonomi, 1984).

San Martín no era una especie única de ser humano, a la que el opio le resultara un bálsamo suavizante de sus mucosas y sus bronquios. La lógica nos lleva a pensar que, si bien usó el opio, no era el único ni principal remedio que utilizaba, sino que empleaba otra terapéutica que le permitía resistir sus dolencias, y evitar la dependencia de esa droga. Pues, en realidad, el panorama queda despejado teniendo en cuenta una evidencia tangible: en el Museo Gral. San Martín, de Mendoza, se conserva un botiquín homeopático que perteneció al Libertador, y que había recibido de su amigo Ángel Correa, quien lo había traído al país desde Europa, poco antes[13]. El donante le enseñó como utilizar los remedios de esta nueva especialidad médica.
Debe señalarse que dicha terapéutica fue practicada por Mitre, quien tuvo un botiquín homeopático durante la guerra del Paraguay, que se conserva en el Museo Mitre de la ciudad de Buenos Aires; Sarmiento y Alsina, también usaron la homeopatía[14]. Se puede deducir, entonces, que fue con la ayuda de esta terapéutica que San Martín pudo cruzar siete veces los Andes, vencer a los realistas en Chacabuco y Maipú, recuperarse de la derrota de Cancha Rayada, consolidar la independencia de Chile y el Perú, y continuar sirviendo a la causa de la independencia argentina hasta el fin de sus días.

Puede explicarse, asimismo, que mantuviera plenamente la lucidez, y su energía vital se mantuviera equilibrada, cosa imposible de lograr con el opio que embota. No podemos negar que haya empleado dicho narcótico, pero, si no cayó en la dependencia, es lícito deducir que habitualmente utilizaba el opio, sí, pero preparado homeopáticamente, lo que lo transforma en opium, un remedio que se puede usar permanentemente sin peligro de adicción, ni efectos secundarios, al punto de que puede ser usado incluso en niños.

Este medicamento homeopático se prepara utilizando la especie más fuerte: el opio negro o de Esmirna[15]. “La tintura madre se prepara a partir de la exudación de la cápsula o pericarpo del fruto maduro de la papaver somniferum... es un jugo lechoso que se deja secar al aire, dándole formas de panes o píldoras, y desde ese estado se hacen las subsiguientes diluciones”(De Medio, 1997). La deducción que efectuamos tiene su fundamento, en que este remedio es útil para el asma -aún en las crisis de asma nocturnas, como las que sufrió San Martín-, en la artritis, en úlceras y sus consecuencias. También está indicado para las náuseas al levantarse de noche, que aquejaban al general (Bonomi).
Para concluir: casi toda la sintomatología clínica que presentaba San Martín, podía ser atendida por este medicamento, opium. Debe aclararse que la medicina homeopática es una terapéutica natural, pero con fundamentos científicos, no un sistema mágico de curación; fue creada por el Dr. Samuel Hahnemann y, al igual que la medicina llamada alopática, está basada en la experimentación. La curación homeopática aplica la ley de la semejanza: similia similibus curentur (el similar se cura por similar) preconizada por Hipócrates.
Opium fue uno de los primeros medicamentos citados en la Materia Médica Homeopática, integrando el grupo de los 103 medicamentos experimentados por Hahnemann, quien, utilizando el opium obtuvo 144 síntomas, siendo de destacar que muchos de ellos provienen de la toxicología. En la Enciclopedia de Allen figuran 350 citas de intoxicados con opio que fueron rescatados por la homeopatía (De Medio). Cabe agregar que los remedios homeopáticos se seleccionan no sólo por la enfermedad que afecta al paciente, sino por la personalidad del mismo, para la que existe un medicamento básico (su simillimun). Precisamente, la personalidad del general hace que el opium sea aconsejable como simillimun.

En síntesis: la prueba física del botiquín sanmartiniano, y todos los datos consignados, nos animan a sostener la hipótesis de que el opio que consumía el General San Martín no era la droga depresora -papaver somniferum-, sino el opium que carece completamente de cualquier tipo de droga. Esta interpretación permite explicar el misterio de su resistencia a las dolencias físicas, y que no haya caído en el vicio de la drogadicción como sostienen sus detractores.