CONGRESO NACIONAL DE
FILOSOFÍA
2018
Mario Meneghini
Consideramos
importante dedicar esta ponencia al tema propuesto, dada la complejidad de la
realidad que nos toca vivir a quienes somos ciudadanos de un país de mediana envergadura,
en una época de intensa interrelación en el planeta. En nuestro caso, se agrava
aún más la situación debido a una profunda crisis interna. Hoy existe en la
Argentina, como nunca antes, un desaliento generalizado sobre su destino; cunde
un clima de descontento, de protesta, una especie de atomización social. Estos
síntomas evidencian que está debilitada la concordia, factor imprescindible
para que exista una nación en plenitud. En estas condiciones, enfrentar los
desafíos que conlleva un mundo globalizado requiere un enorme esfuerzo de
reflexión y de eficacia en la acción gubernamental.
I.
Globalización e independencia
Un tópico a
considerar es el peligro que creen advertir muchos de que, en esta época
signada por la globalización, el estado sufra una disminución o pérdida total
de su soberanía. La palabra
globalización, surgió en un artículo
–La Globalización de los Mercados,
1983- del economista Theodore Levitt; ha sido descrita como “la creciente interdependencia de todas las
sociedades entre sí, promovida por el aumento de los flujos económicos,
financieros y comunicacionales, y catapultada por la tercera revolución
industrial o tercera ola, que facilita que estos flujos puedan ser realizados
en tiempo real”[1].
Para Fukuyama, la caída del Muro de Berlín
representaba el fin de la historia, al quedar como única opción el liberalismo
capitalista al ser derrotado el comunismo[2].
La globalización parecía ofrecer un mundo mágico, con un progreso continuo
basado en el avance tecnológico. Los conflictos se limitarían a una competencia
entre los países, por los recursos, entre las empresas, por los clientes, y
entre las personas, por el empleo.
Otras miradas no eran tan optimistas, y
preferían usar el concepto de mundialización, para caracterizar una etapa, como
cualquier otra de la historia humana, con sus problemas y tensiones:
consecuencias ambientales del progreso desenfrenado, crisis demográfica en
Europa, paralela a migraciones desordenadas, guerras y hechos terroristas de
violencia sin precedentes[3].
Es que en este momento, la mundialización no
puede eliminar la política como acción humana; acción que le da un rostro
humano a los problemas, ya que no solo lo económico determina un tiempo
histórico. La convivencia entre millones de personas que no se conocen, solo es
posible por la política: sin ella no
habría sociedad, porque el instinto no nos permite vivir separados ni nos
alcanza para vivir juntos[4].
Como expresara recientemente en Córdoba, el Prepósito General de los Jesuitas: el
humanismo no solo es útil sino necesario
en una sociedad que corre el peligro de la ilusión y el error. La ilusión de
que la técnica por sí misma es buena como todavía lo escuchamos en algunas
afirmaciones de los poderosos de este mundo. El error de considerar toda
innovación buena de por sí, puede llevar a los mayores engaños y ponernos ante
terribles consecuencias.
No cabe duda
que la globalización implica un riesgo muy concreto de que disminuya en forma
alarmante el grado de independencia que puede exhibir un país en vías de
desarrollo. Ningún país es hoy enteramente libre para definir sus políticas, ni
siquiera las de orden interno, a diferencia de otras épocas históricas en que
los países podían desenvolverse con un grado considerable de independencia.
Entendiendo por independencia la capacidad de un Estado de decidir y obrar por
sí mismo, sin subordinación a otro Estado o actor externo; la posibilidad de
dicha independencia variará según las características del país respectivo y de
la capacidad y energía que demuestre su gobierno. Pues, más allá de las
pretensiones de los ideólogos de la globalización, lo cierto es que el Estado
continúa manteniendo su rol en nuestros días. En varios países europeos el
Estado maneja más de la mitad del gasto nacional, y no es consistente, por lo
tanto, afirmar que los políticos son simples agentes del mercado. Es claro que
ello exige fortalecer el Estado, que sigue siendo el único instrumento de que
dispone la sociedad para su ordenamiento interno y su defensa exterior.
Pese a todos los condicionamientos que impone
la globalización, el Estado sigue siendo el mejor órgano de que dispone una
sociedad para su ordenamiento interno y su defensa exterior. Desde nuestra
perspectiva, no deben ser motivo de preocupación los cambios de tamaño, forma y
roles del Estado, mientras cumpla su finalidad esencial de gerente del bien
común. De modo que conviene no proclamar apresuradamente la desaparición del
Estado, que sigue siendo una sociedad perfecta, por ser la única institución
temporal que protege adecuadamente el bien común de cada sociedad
territorialmente delimitada. Como enseña Benedicto XVI en su encíclica Caritas
in veritate: parece más realista una
renovada valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente
reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos
del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos (24).
La situación
internacional, vista sin anteojeras ideológicas ofrece, - en especial desde
1989- posibilidades de actuación autonómica aún a los países pequeños y
medianos. Por cierto, que para poder aprovechar las circunstancias, es
necesario que los gobernantes sepan distinguir los factores condicionantes de
la realidad, de los llamados "factores determinantes" de la política
exterior; estos son los hombres concretos que deciden en los Estados,
procurando mantener su independencia.
El
economista Aldo Ferrer ha aportado un concepto interesante, el de densidad nacional, que expresa el
conjunto de circunstancias que determinan la calidad de las respuestas de cada
nación a los desafíos y oportunidades de la globalización. Atribuye dicho autor
a la baja densidad nacional, la causa de los problemas argentinos[5].
Por otra
parte, es necesario expresar que la posibilidad, que sostienen muchos, de un
gobierno mundial ya fue desestimada por Carl Schmitt en 1932: “El mundo
político es un Pluriversum, no un Universum”. “La unidad política no puede, por
razón de su esencia, ser universal, en el sentido de una unidad que abrazara la
humanidad toda y la tierra entera”[6].
Explica Bandieri que: “El tránsito del Estado Nación centralizado al equilibrio
de grandes espacios requiere un nuevo tipo de distribución funcional y
articulación territorial del poder: la federalización hacia adentro, la
confederación hacia afuera”[7].
Agrega Castaño que una sociedad es política, mientras no efectúe una cesión
general e irrevocable de sus facultades de gobierno y jurisdicción a una
entidad superior[8].
Esto no
ocurre, ni con las Naciones Unidas y con la Unión Europea. Según la Carta de
las Naciones Unidas, los propósitos consisten en mantener la paz y fomentar
entre las naciones relaciones de amistad, en base al principio de la igualdad
soberana de todos sus miembros. A su vez, el tratado de la Unión Europea,
establece que la Unión actúa dentro de los límites de las competencias que le
atribuyen los Estados miembros, para lograr los objetivos que éstos determinen.
En virtud del principio de subsidiariedad, la Unión intervendrá sólo en caso de
que los objetivos no puedan ser alcanzados por los Estados miembros. La
decisión adoptada por el Reino Unido de retirarse de la Unión –Brexit- estaba
prevista por el artículo 50 del Tratado, y confirma que la adhesión es
revocable. Por consiguiente, un poder subsidiario “sí puede ser compatible con
la existencia de comunidades políticas que no han renunciado a su status de
tales, esto es, de Estados independientes”[9].
II.
Identidad nacional
Por cierto, en esta hora resulta evidente que solo
podrán resistir los embates de la globalización y conservar su independencia,
las sociedades que se afiancen en sus propias raíces, y mantengan su identidad
nacional. La identidad nacional, está marcada por la filiación de un pueblo; el
pueblo argentino es el resultado de un mestizaje; la nación argentina no es
europea ni indígena. Es el fruto de la simbiosis de la civilización
grecolatina, heredada de España, con las características étnicas y geográficas
del continente americano.
La cultura de un pueblo se mantiene vigorosa,
cuando defiende sus tradiciones, sin perjuicio de una lenta maduración. La
identidad nacional se deforma cuando se corrompe la cultura y se aleja de la
tradición, traicionando sus raíces. La nación es una comunidad unificada por la
cultura, que nos da una misma concepción del mundo, la misma escala de valores
y se proyecta en actitudes, costumbres e
instituciones. Cuando un pueblo se debilita en la defensa de su
autonomía frente al mundo, desaparece como tal, como ha ocurrido muchas veces
en la historia.
III.
Estado y soberanía
Entonces, la
primera decisión política a adoptar es la de fortalecer el rol del Estado –como
órgano de conducción de la sociedad- para procurar su máxima eficacia. Para
ello, debemos precisar el concepto mismo de soberanía, que es la cualidad del
poder estatal que consiste en ser supremo en un territorio determinado, y no
depender de otra normatividad superior. No es susceptible de grados; existe o
no. Por lo tanto, carece de sentido mencionar la "disminución de
soberanía" de los Estados contemporáneos.
Lo que puede
disminuirse o incrementarse es el poder propiamente dicho, es decir, la
capacidad efectiva de hacer cosas, de resolver problemas e influir en la
realidad. El hecho de que un Estado acepte, por ejemplo, delegar atribuciones
propias en un organismo supraestatal -como el Mercosur-, no afecta su
soberanía, pues, precisamente, adopta dichas decisiones en virtud de su
carácter de ente soberano.
Ahora bien,
el grave problema argentino, es que no existe soberanía pues no existe el
Estado. Como explica
Marcelo Sánchez Sorondo: todo Estado incluye un gobierno, pero no todo gobierno
implica que exista un Estado[10]. El Estado es una
entidad jurídico-política que surge recién en una etapa de la civilización,
como complejo de organismos, al servicio del bien común. Supone una
delimitación explícita del poder discrecional. Si un gobernante puede afirmar el Estado soy yo, queda demostrada la
inexistencia del Estado. Pues la hipertrofia del poder personal, sin frenos, es
un síntoma de la ausencia de un Estado.
El gobierno no encuadrado en un Estado es
errático y caprichoso; sirve únicamente para el enriquecimiento y la influencia
individual de los gobernantes, que no pueden lograr el funcionamiento eficaz de
la estructura gubernamental.
De allí la paradoja de culpar al Estado de
todos los problemas, cuando el origen de los problemas es la ausencia del
Estado. En esto seguimos al Prof. de Mahieu, que describe al Estado como el órgano de
síntesis, planeamiento y conducción, de una sociedad determinada, destinado a
lograr el bien común[11].
El ejercicio de las tres funciones señaladas
es requisito indispensable para la existencia de un Estado; cuando dejan de
cumplirse, el Estado desaparece, aunque se mantengan las formalidades
constitucionales. Eso es lo que ocurrió en la Argentina, hace 45 años[12].
Si un Estado
no posee, en acto, estas tres funciones, ha dejado de funcionar como tal o ha
efectuado una trasferencia de poder en beneficio de organismos supraestatales,
o de actores privados, o de otro Estado[13].
IV.
El planeamiento
Resumiendo
lo expresado, consideramos que el mundo contemporáneo permite conservar cuotas
significativas de independencia, siempre que exista una estrategia que
seleccione el método de análisis y de elaboración de planes, apto para resolver
los problemas gubernamentales. Si es correcto el análisis, la prioridad
absoluta consiste en restaurar el Estado, y procurar que actúe eficazmente al
servicio del bien común. Sin embargo, la restauración del Estado argentino no
ocurrirá como consecuencia necesaria de elaborar un buen diagnóstico, sino como
resultado de un gobierno que solucione los problemas concretos, para lo cual
deberá planificar cuidadosamente sus acciones.
A esta
altura del análisis,
debemos profundizar en cuestiones teóricas, para determinar si es posible, estrictamente
hablando, elaborar un proyecto nacional como anticipación del futuro, y que no
sea, por lo tanto, una simple utopía[14].
La primera afirmación sobre el futuro es negar que se identifique con la nada.
Algo, para ser, basta con que posea capacidad de existir -aunque no exista
actualmente-; si el futuro aún no existe y no se sabe cómo será, al resultar
posible ya es un ente real y, como tal, es lícito pensar sobre él. En cada
circunstancia, son muchos los futuros posibles -futuribles- y existen algunos
pocos probables -futurables. El riesgo de elegir el que tenga más chance de ser
logrado y resultar conveniente, depende del procedimiento utilizado.
Bertrand de Jouvenel[15]
explica que: “Respecto al pasado, la voluntad del hombre es inútil, su libertad
nula, su poder inexistente”; en cambio el porvenir es para el hombre dominio de
la libertad y del poder. De libertad, en cuanto la persona es libre de concebir
lo que no es, y es dominio del poder, porque dispone de algún poder para hacer
válido lo que ha concebido. De todos modos, el análisis predictivo nos aporta un conocimiento de opinión, pues la
materia objeto del planeamiento es opinable por naturaleza; el futuro sólo es
susceptible de aproximación conjetural. Lo mismo podemos decir sobre lo
político: es pasible de certidumbre en cuanto a sus contenidos pasados o
presentes, pero es sólo opinable en cuanto al futuro.
El proyecto, sin embargo, es mucho más que
extrapolación en el tiempo; el vocablo se refiere a la intervención necesaria
de la voluntad humana en su configuración. Si bien generalmente se proyecta de
acuerdo a lo que se cree posible, aquí resulta dominante el ámbito de lo
deseable. Para lo posible utilizamos la razón, en lo probable domina la
voluntad.
Existe el riesgo de hacer futurología,
aplicando métodos cuantitativos a los aspectos cualitativos de la vida social,
como si se pudiera revelar el porvenir por computación. Evitaremos el intento
de hacer futurología y su consecuencia más dañina, la ingeniería social, si
reconocemos que la sociedad no es una cosa susceptible de manipular, ni el
porvenir un destino asequible por medio de los dudosos oráculos de una nueva
ciencia ficción. Sin embargo, “el futuro es parcialmente controlable”; “el
futuro de un pueblo, entendido como proyecto vital colectivo, puede en buena
medida ser regulado desde el presente”[16].
Creemos, por lo tanto, que es injusto confundir
el planeamiento con el utopismo; Santo Tomás aclara que, por muy imprevisible
que en esencia sea la conducta humana, nada es tan contingente que no tenga en
sí una parte de necesidad (S. Th. 1, 86, 3). “Un plan de la nación no aparece,
pues, como una fórmula mágica, sino como una combinación perfectible de
realismo y voluntad”[17].
Conociendo ya las limitaciones del conocimiento
humano, y evitados los riesgos de la voluntad desbocada, resulta posible
encauzar la acción sistemática mediante el planeamiento. En primer lugar,
aunque dispongamos de la mejor información y el sistema más sofisticado para
procesarla, tendremos que elegir entre opciones posibles. En segundo término,
los instrumentos técnicos pueden facilitar dichas decisiones, pero no
reemplazar la virtud de la prudencia. De allí los límites de la influencia
tecnocrática, tan temida por algunos, puesto que el gobernante siempre tiende a
ejercer su derecho a la conducción, y los gobernados a reclamar su derecho a la
participación en la cosa pública.
De manera que, no sólo es posible sino muy útil
al bien común la planificación. Pero siempre, respaldando los planes en el
consenso de sus protagonistas, quienes deben participar en su elaboración,
ejecución y modificación.
El Estado,
en su función de planeamiento, centraliza la información que le llega de los
grupos sociales; recopila sus problemas, necesidades y demandas. Los datos son
procesados y extrapolados en función de los fines comunes, fijados en la
Constitución Nacional y en otros documentos, que señalan los objetivos
políticos y los valores que identifican a un pueblo. Con mayor o menor
intensidad, según el modelo gubernamental elegido, es en el marco del Estado
donde debe realizarse el planeamiento global que establezca las metas y las
prioridades en el proceso de desarrollo integral de la sociedad, en procura del
Bien Común.
Por cierto
que, en una concepción no totalitaria el planeamiento estatal sólo será
vinculante para el propio Estado, y meramente indicativo para el sector
privado. La autoridad pública no debe realizar ni decidir por sí misma lo que
puedan hacer y procurar comunidades menores e inferiores. Pero, debido a la
complejidad de los problemas modernos, el principio de subsidiariedad resulta
insuficiente para resolverlos sin la orientación del Estado, que mediante el
planeamiento se dedique a "animar, estimular, coordinar, suplir e integrar
la acción de los individuos y de los cuerpos intermedios" (Pablo VI, Populorum
progressio, p. 33).
V.
Conclusiones
Un proyecto nacional puede contribuir, en ésta
época signada por el fenómeno de la globalización, a compatibilizar la
inevitable integración del país con los demás países, con la preservación de la
propia identidad cultural, haciendo explícito
lo que somos a fin de buscar lo que debemos ser; lo contrario sería abandonarse
al futuro sin prudencia, de la mano de un empirismo más o menos ciego[18].
Para finalizar, recordamos la exhortación de
Juan Pablo II: “Velad con todos los medios a vuestra disposición sobre esta
soberanía fundamental que cada Nación posee en virtud de la propia cultura”.
“No permitáis que se vuelva víctima de totalitarismos, imperialismos o
hegemonías”[19].
Ponencia presentada al
Congreso Organizado por la Sociedad Argentina de Filosofía, en La Falda
(Córdoba), los días 25-27 de Octubre de 2018.
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* Sosa sj,
Arturo. Discurso en Universidad Católica de Córdoba, 20-7-2018.
[1] García Delgado, op. cit., p. 26.
[2] Fukuyama, op. cit.
[3] Fernández Riquelme, Sergio. “La identidad... “, op. cit., p. 2.
[4] Malamud, Andrés. “El
oficio…, op. cit., p. 319.
[5] Ferrer, Aldo. Op. cit.,
pp. 10 y 66.
[6] Schmitt, Carl.
“Concepto…, op. cit., p. 89.
[7] Bandieri, Luis María.
Introducción a: Schmitt, Carl. “Teología…”, op. cit., p. 27.
[8] Castaño, Sergio. “El
problema…”; op. cit., p. 15.
[9] Castaño, ibídem, p. 21. En
el mismo sentido, la encíclica Pacem in
terris, de Juan XXIII, resume la doctrina pontificia: “Esta autoridad
general…ha de establecerse con el consentimiento de todas las naciones y no
imponerse por la fuerza” (138). “Es decir, no corresponde a esta autoridad
mundial limitar la esfera de acción o invadir la competencia propia de la
autoridad pública de cada Estado” (140).
[10] Sánchez Sorondo, Marcelo.
“La Argentina no tiene Estado, sólo Gobiernos”; Buenos Aires, Revista Militar
N° 728, 1993, pp. 13-17.
[11] V. de Mahieu, Jaime. “El
Estado Comunitario”, op. cit.
[12] Meneghini, Mario. “No
existe soberanía…”; op. cit., pp. 6 y 7.
[13] Auel, Heriberto. “La
Argentina…”; op. cit., p. 16.
[14] Martinotti, Héctor.
“Prospectiva…”, op. cit., pp. 15-19.
[15] Jouvenel, Bertrand de.
“El arte…”; op. cit., pp. 16 y 18.
[16] Imaz, José Luis de.
“Nosotros…”; op. cit., p. 9.
[17] Massé, Pierre. “El
plan…”; op. cit., p. 37.
[18] Pithod, Abelardo. “Proyecto
Nacional y orden social”; en: AAVV. “Planeamiento…”, op. cit., p. 63.
[19] Discurso en Praga,
21-4-1990.